
Nueve y diez de la noche. Hace frío, tengo frío y estoy frío. Acaba de explotar la válvula izquierda de mi asustado corazón. Necesito algo de calor. Todos necesitamos sentirnos necesitados. Amor, sexo o simple amistad, todos necesitamos eso. Todos. Sin excepciones, aunque no te lo creas. Solo es eso, necesidad. Austen pensaba que el caos y la atracción fatal eran innecesarios, pero los cuerpos se atraen. Se atraen con una fuerza superior a la grativacional.
Tu cuerpo sin embargo, me repele.

El hecho esta ahí. Querer o no querer es solo una reacción química necesaria. La pasión, el odio, el celo, incluso el orgasmo; podría decirse que es falso. Puro teatro, si así te escandalizas menos. Eso creía, al menos. O bueno, quería creer.
Te miro, contengo el aire y vacilo en mis algorítmicos pensamientos. Ya no eres aquella desconocida que encandiló la pervertida mente de este átomo inclasificable. Poco a poco y a golpe de sucedáneo de amor te has convertido en una melodía irrepetible e inconclusa en la pequeña partitura que representa mi vida. Silencios, in crescendo, harmonías, "allegros", "andantes" y demás peripecias músico-químicas llenan nuestra vida y adornan la pieza en la que somos simples notas apasionadas bajo la atenta mirada de una escandalizada clave de sol.
Tan solo dos pequeñas notas dando tumbos en una cama desgastada de pasión. Creando el acorde correcto a cada instante, en cada gemido, en cada cada exudación orgásmica, en cada beso, en cada jirón de la sábana; en un mismo ser, en cada anión y en cada catión, entre tus piernas, en mis brazos, dormido en tu pecho o perdido entre tu pelo, da igual como, cuando y donde, lo importante es sentirlo.
Antoinette apartó con la pluma aquel humeante pedacito de seso que, fruto de la agonía que le producían las vísceras aún palpitantes de Humbert, no le dejaba recoger el sobre. Corrió las cortinas y encendió una pequeña luz en la mesita colindante al sofá del angosto salón. Se sentó y respiró profundamente, el pulso le temblaba como si tubiese vida propia, respiró profundamente, contó hasta 10, cerró los ojos y se encendió un pitillo; todo era poco para calmar sus nervios. Volvió aquel sobre amarillento en pos de corroborar sus dudas, estaba claro: "Para Antoinette". Un escalofrío le recorrió el espinazo, baticinio de un mal presentimiento, supuso. Reunió unas pocas fuerzas y abrió el sobre.
Querida Antoinette.
Siempre tuyo, Humbert.
Deseo que leas esto tan pronto como sea posible. No quiero que mi odio se esparza o difumine más de la cuenta, es todo para ti. Acepta mi pequeño regalo de despedida mon amour.
Hace tiempo que vivo sin vivir, que siento frío en cada sensación que atrapo, ya tan siquiera me atraen las miradas tristes. Has conseguido apagar toda la llama que me mantenía vivo. Tus idas y venidas han sido poco más que certeras puñaladas ejecutadas con precisión excelsa. Cada vez que uno de tus puyazos me alcanzaba, la coraza de mi alma se ablandaba un poco. Y, poco a poco, se me ha ido escapando la vida de las manos. Casi sin darme cuenta. Inconsciente sí, doloroso, también.
Eres puro ácido, corroes todas las vidas en las que buscas cobijo. Parate a pensarlo un momento, ¿Alguna vez has querido de verdad? Siempre rehusaste responder esa pregunta, nunca tubiste valor para responderla. Pensabas que tu enfado hacia mi como respuesta, sería suficiente, y que yo me sentiría respondido y aludido por tú "amor". Has sido siempre tan graciosa, que a veces reía cuando tenía ganas de llorar. Pero no eludamos esta instancia, respira profundamente y recuerda cuanta gente te ha querido y a cuanta gente has herido. Uno, dos, tres, cuatro... Y la lista continua, ¿Verdad? Y todos muy amigos tuyos, que curioso. Eres pérfida y malvada, probablemente no sientas ni remordimientos ahora mismo. Eso me alegra.
Mi único deseo ahora mismo es que caiga sobre tu conciencia todo el peso de mi muerte, que se te quede grabada. Mi sacrificio te servirá de escarmiento. Tendrás siempre en mente la imagen de un mosaico de puro odio hecho apartir de mis sesos en la pared de tú apartamento. Me siento feliz, no tengo miedo, ni temblores, ni dudas. La pistola se hace más agrable conforme paso los minutos aquí sentado, en tú casa, en mi tumba.
Hace tiempo que vivo sin vivir, que siento frío en cada sensación que atrapo, ya tan siquiera me atraen las miradas tristes. Has conseguido apagar toda la llama que me mantenía vivo. Tus idas y venidas han sido poco más que certeras puñaladas ejecutadas con precisión excelsa. Cada vez que uno de tus puyazos me alcanzaba, la coraza de mi alma se ablandaba un poco. Y, poco a poco, se me ha ido escapando la vida de las manos. Casi sin darme cuenta. Inconsciente sí, doloroso, también.
Eres puro ácido, corroes todas las vidas en las que buscas cobijo. Parate a pensarlo un momento, ¿Alguna vez has querido de verdad? Siempre rehusaste responder esa pregunta, nunca tubiste valor para responderla. Pensabas que tu enfado hacia mi como respuesta, sería suficiente, y que yo me sentiría respondido y aludido por tú "amor". Has sido siempre tan graciosa, que a veces reía cuando tenía ganas de llorar. Pero no eludamos esta instancia, respira profundamente y recuerda cuanta gente te ha querido y a cuanta gente has herido. Uno, dos, tres, cuatro... Y la lista continua, ¿Verdad? Y todos muy amigos tuyos, que curioso. Eres pérfida y malvada, probablemente no sientas ni remordimientos ahora mismo. Eso me alegra.
Mi único deseo ahora mismo es que caiga sobre tu conciencia todo el peso de mi muerte, que se te quede grabada. Mi sacrificio te servirá de escarmiento. Tendrás siempre en mente la imagen de un mosaico de puro odio hecho apartir de mis sesos en la pared de tú apartamento. Me siento feliz, no tengo miedo, ni temblores, ni dudas. La pistola se hace más agrable conforme paso los minutos aquí sentado, en tú casa, en mi tumba.
Siempre tuyo, Humbert.
PD: Empiezo a tener algo de hambre, haz el favor de volver pronto a casa.

No queremos creerlo ni queremos verlo, pero para cuando te has dado cuenta, ya es demasiado tarde. Te ha cambiado de arriba abajo, de izquierda a derecha, de dentro a fuera. El cambio es de por vida, no lo dudes. Y eso pasa siempre que es la primera vez. Cambias de piel como una serpiente. No vuelves a ser el mismo. Me gustan las serpientes, pero odio ser preso de un sentimiento ofideo. Hay que tocar fondo para que el cambio sea auténtico. Yo sigo cayendo lenta y odiosamente. ¿Y tú? ¿Has tocado fondo?
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